El poder es el tercer elemento
configurador de la ecología del aula. Ya sugeríamos, siguiendo a Foucault,
que toda relación social es una relación de
poder y en aula no es diferente en ello. Ahora
bien, tiene sus particularidades que vamos a analizar en este
apartado.
El profesor
ostenta en el aula el poder legítimo.
Por el hecho de ejercer como docente, uno tiene potestad, socialmente
reconocida, de prescribir, evaluar y sancionar el aprendizaje y
comportamiento de los estudiantes. Evidentemente, todo ello dentro
del marco establecido por ley, pero la ambigüedad de éste en ciertos
aspectos y la propia intimidad del aula permite mucho marco de
decisión al respecto. Un profesor tiene poder para determinar lo que
es correcto y adecuado para los alumnos y lo que no, para establecer los
límites de lo verdadero e importante y de lo falso e intrascendente, para
controlar el lenguaje, la indumentaria y el comportamiento de
los estudiantes... y todo ello sin necesidad de recurrir a argumentos que
sostengan tales criterios. Esta posición jerárquicamente superior que puede
llevar al profesor a legitimar ciertas creencias, valores y
prácticas en virtud de su posición de autoridad es lo que hace que
la enseñanza sea un fenómeno político, que lleva implícita una
responsabilidad moral por parte del docente de aceptar un compromiso con el bienestar
de sus alumnos en el ejercicio de ese poder.
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